Humanidades Opinión 

JUAN JOSÉ VAGNI*

Mundo árabe: políticas públicas contra las revueltas

Tras los estallidos en Túnez, Egipto y Libia, el coordinador del Programa de Medio Oriente del CEA-Conicet analiza las medidas que impulsan los estados de oriente para prevenir nuevos cimbronazos.


Por Juan José Vagni (Especial para Agencia CTyS) - Desde los primeros levantamientos en Túnez, a principios de diciembre, se ha especulado mucho sobre el impacto que los cambios que acontecen en los distintos países tendrían en el resto del mundo árabe y en el planeta en general, pero siempre el análisis se centró en los conflictos que la coyuntura ubicó en las principales pantallas de todo el mundo.


En este sentido, creo que es necesario llamar la atención sobre una tendencia que no resalta en las primeras planas de los medios de comunicación, pero que resulta de vital importancia para vislumbrar el futuro político de Medio Oriente; la respuesta silenciosa de cada uno de los diferentes regímenes que ocupan el poder, para prevenir presuntas insurrecciones populares que alcancen dimensiones masivas al igual que lo acaecido en Túnez, Egipto y Libia.


Un rápido vistazo sobre los países de la región que no han sido afectados de manera contundente por crisis de las mencionadas características, indica que todos, en mayor o menor medida, han demostrado gran inteligencia y capacidad de lectura política, e implementaron algún tipo de medida para revertir los que consideran como los factores de riesgo político para la estabilidad de los regimenes en el poder.


Dos claros ejemplos de esta tendencia son los casos de Arabia Saudita y Marruecos. En Arabia, el rey Abdullah aplicó una política de aumento del empleo público con ampliación de los beneficios sociales, en respuesta a una serie de demandas económicas y sociales de larga data, y anunció que aumentará en más de 10 mil millones de dólares los fondos de créditos para la vivienda.


En Marruecos, por su parte, se da una situación similar, en la que el rey Mohamed VI impulsa planes de vivienda, acelera los mecanismos de diálogo político con la oposición, e impulsa la creación del Comité Económico y Social, que busca ser una instancia de diálogo entre los diferentes actores económicos y sociales para dinamizar y modernizar la economía.


No obstante, el avance de ciertas políticas económicas y sociales, sumadas a una moderada –y en muchos casos, extremadamente moderada- apertura a la participación y la pluralidad política, no significa la eliminación total y absoluta de las tensiones y los malestares intrínsecos a la propia configuración política, económica y social de estos países, por lo que no debería descartarse la posibilidad de estallidos similares en cualquiera de estos estados.


Creo que hay que seguir atentamente estos procesos a la luz de las particularidades de los diferentes estados, de sus configuraciones políticas y de la naturaleza de sus sociedades; de la evolución de las reformas ensayadas y de la reacción que cada sociedad tenga ante estos cambios; del interés que ese país tenga para la comunidad internacional, de su posición estratégica en el marco de la geopolítica y de su importancia dentro de la OPEP si fuera el caso, entre otros factores.


En cuanto a los elementos comunes, cabe aclarar que los levantamientos no parecen están animados por la vieja ideología panarabista, con el tono antiimperialista y combativo que había movilizado a las masas árabes luego de la independencia. Si bien en las protestas se observa un núcleo identitario árabe común, no hay una apelación masiva a aquel discurso, ni tampoco aparece hasta el momento el factor islámico como el apelativo movilizador.


Se trata más bien de la expresión de anhelo de las nuevas generaciones en torno al bienestar, el trabajo y la dignidad, desde la propia identidad nacional (con el rescate en algunos casos de símbolos propios, como el la antigua bandera de Libia después de la Independencia).


Las profundas desigualdades económicas y sociales, la corrupción, los sistemas clientelares y principalmente la distancia, ya insalvable, entre la sociedad y sus gobernantes, han sido los factores comunes que dieron origen a estos levantamientos. Estos fenómenos pueden observarse, en diferente medida, en todos los países de la región.


El descontento social generalizado que ha desembocado en estos estallidos populares es entonces el fruto de décadas de sometimiento a sistemas políticos cerrados, autocráticos y cada vez más deslegitimados.


Cabe recordar que estos regimenes contaron con la bendición de Occidente, como garantías de estabilidad en la región, con carta libre para llevar adelante una represión sistemática justificada en un miedo exagerado al islamismo y como gendarmes de la “Fortaleza Europa” en la contención de la inmigración hacia el Viejo Continente.


No obstante, resulta apresurado hablar de una tendencia hacia una transición democrática en la región. Los procesos políticos no son necesariamente lineales, por lo que tampoco se puede descartar la posibilidad de estabilizaciones o regresiones en algunos casos.


El mundo árabe es muy extenso y complejo, y para extraer conclusiones acertadas en torno a la evolución de estos procesos habría que seguir con atención, país por país, los factores internos y externos que intervienen, su configuración y articulación: la naturaleza del Estado y la Sociedad (el sistema político, las diferencias étnicas, religiosas, culturales y sociales al interior de cada Estado), las particularidades regionales (Magreb, Machreq, Golfo…), los elementos aglutinantes de la esfera árabe-islámica y los condicionantes del sistema internacional.



*El autor es Doctor en Relaciones Internacionales e investigador del CONICET. Actualmente coordina el Programa de Medio Oriente del Centro de Estudios Avanzados (CEA-CONICET) en la Universidad Nacional de Córdoba.

Fecha de Publicación: 2011-03-04
Fuente: CTyS