Humanidades Opinión 

JUAN JOSÉ VAGNI

"El aprendizaje que deja la historia"

El investigador del CONICET analiza los posibles escenarios políticos en Egipto y Medio Oriente ante la reciente renuncia de Mubarak.

"A mediano plazo, Para Sudamérica esto es positivo", explicó a CTyS Juan José Vagni



Juan José Vagni (Especial para Agencia CTyS) – La hora esperada ha llegado. Mubarak ha abandonado por fin el poder, en un levantamiento popular sin precedentes, no sólo para Egipto sino para la historia contemporánea general.


Tal vez, en próximas crónicas o en las memorias de alguno de sus protagonistas, podremos divisar más claramente que pasó entre la medianoche y el mediodía del viernes 11 de febrero, desde aquel discurso a contratiempo de Mubarak y su salida de El Cairo.


Si fue la acción efectiva del ejército sobre el presidente en una especie de “golpe de estado blando”, una presión ostensible de Washington, o una acción combinada de estos y otros factores, los que llevaron finalmente al desenlace tan esperado.


Lo cierto es que este momento paradigmático tendrá consecuencias internas y también afectará el escenario regional.


En el plano interno, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas deberá llevar adelante una transición inédita. En las horas siguientes, al igual que en Túnez, los acontecimientos se sucederán de manera precipitada y difícil de prever, con la permanente demanda del pueblo en las calles.


La nueva autoridad de facto deberá tomar decisiones trascendentes como: la continuidad del vicepresidente, del gabinete designado recientemente y del Parlamento; la puesta en marcha del diálogo político con la oposición; y la definición de un calendario electoral, el que seguramente se adelantará al mes de setiembre previsto.


Los Hermanos Musulmanes, más allá de sus declaraciones de apartamiento político, seguramente ocuparán un lugar en el nuevo escenario, pero su papel limitado en este proceso revolucionario no les permitirá capitalizar la legitimidad popular del mismo.


En el terreno regional, Israel y los demás regímenes árabes deberán tomar nota de lo sucedido y ensayar nuevas estrategias.


Y para las potencias de Occidente, los desafíos no son menores. Después de haber sostenido durante décadas a estos regímenes autocráticos, los conflictos en Túnez y en Egipto están alumbrando una perspectiva de abordaje distinta, sobre todo de parte de los Estados Unidos, y, mucho más moderadamente, de Europa.


El cambio posible implica que occidente dejaría de ser aliado de los regímenes que reprimen a los movimientos islamistas, exagerando muchas veces su peligrosidad, y optaría por una estrategia que empieza a considerar la posibilidad de que algunos partidos islamistas moderados participen de la vida política.


Esta, no obstante, es una reacción posterior a los acontecimientos, que se empieza a advertir en el discurso de Hillary Clinton, pero que deja entrever que Estados Unidos ha tomado nota de los sucesos históricos y se ha arriesgado a un cambio de actitud ante el mundo árabe respecto a la cuestión islámica, en consonancia tal vez con el famoso discurso de Obama en El Cairo del 4 de junio de 2009.


Hasta ahora, el sostenimiento de los regímenes autocráticos se fundaba en que estos eran los “países moderados”, los baluartes de la lucha contra el islamismo radical, con una posición negociadora ante Israel, y que, de alguna manera, eran aliados estratégicos en la región para los intereses de las democracias occidentales.


Por su parte, estos regimenes postulaban que eran ellos “o el caos”, discurso que mantuvo Mubarak hasta último momento, y que fue constante también en la retórica de los gobiernos de la región, durante años aliados fieles de occidente, que les “perdonó” sus deficiencias en materia de expresión política, derechos humanos, libertad de expresión, etc.


La experiencia que muchas veces justificó estos discursos apocalípticos fue la situación de Argelia en los ’90, donde un golpe de estado contra el Frente Islámico de Salvación -que llegó al poder por elecciones legítimas en 1991- desató una brutal guerra civil entre las fuerzas estatales y las islamistas, que dejó un saldo de cientos de miles de muertos.


Este fue el enfrentamiento más duro entre regimenes sostenidos por occidente y gobiernos islamistas electos en democracia. Otro caso es Hamas, en Palestina, y ambos ejemplifican como la negativa de Occidente a aceptar el resultado de las elecciones contribuyó a una mayor radicalización de los movimientos islámicos.


De esto parece haber tomado nota Estados Unidos, reconociendo que no puede negar una cierta participación de los partidos islamistas moderados en el juego político, porque hacerlo llevaría a una mayor radicalización de esos mismos grupos, lo que perjudicaría también los propios intereses de occidente en la región.


Y creo que aquí el ejemplo es la gestión del “Partido Justicia y Desarrollo”, en Turquía, en el cual muchos movimientos islamistas del mundo árabe se ven reflejados que, si bien con cierta moderación política, significa un reconocimiento a la capacidad de los líderes árabes de gobernar desde su propia tradición política.



*El autor es Doctor en Relaciones Internacionales e investigador del CONICET. Actualmente coordinada el Programa de Medio Oriente del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba.

Fecha de Publicación: 2011-02-11
Fuente: CTyS